Por Amor (II): El Templo de Pasos
EL SOTANO ENCIMA DE CASA
iair menachem, Jerusalem, 5764

Teníamos un sótano de piedra en la azotea de casa. Una construcción casi redonda (de lados innumerables), que vista desde fuera, tenía ventanas y puerta, siempre abiertas. Por la puerta del sótano sobre la azotea de casa, los advenedizos intentaban saltear todo el tránsito de la cerca y el lodo, y el césped con abrojos y los regaderos y el sendero de cal surcado por corrientes de aire, y los focos de mercurio y las alfombras que cuentan historias,     y  aparecer directamente adentro: no sabían que llegar a casa era solamente el resultado final de haberse atrevido a entrar, de haber demostrado que uno es capaz y apto para entrar. El caso es que esa puerta, al igual que todas las ventanas que exhibía el sótano de paredes de piedra sobre la azotea, daba a un ambiente cuadrado y gris, asfixiantemente pequeño y húmedo: cuando entraban por ella, orgullosos de su artimaña, veían las paredes que azulaban gris, y perdían inmediatamente su proyecto y el raciocinio que creían albergar respecto de cuanto sucedía en casa, siguiendo el cual habían atrevido su intento temerario de intrusión. Cada uno que caminaba el techo hasta las paredes del sótano y se topaba con la trampa inconcebible de la celda inhóspita aún si abierta, agregaba al imaginario de la ciudad nuevos mitos estrafalarios acerca de nosotros. Se sentaban en los cafés del centro y contaban por horas, desde la interpretación que hubiera dado al fiasco su orgullo herido, de qué se trataba en realidad nuestro círculo, y con  qué armas atraíamos la inspiración para crear. Casi nunca entraba alguien al sótano verdadero, en la azotea de casa. Al costado de la puerta que comunicaba el salón de las alfombras con la recámara en que celebrábamos, había una estantería que sólo sostenía una pequeña burbuja de fuego en el estante del medio. Tras la estantería, visible solamente cuando se caminaba desde el fondo de la recámara rumbo a la entrada de casa, se abría una puerta por la que había que ingresar agachado. Los primeros dos pisos del descenso (unos treinta y tres escalones) eran oscuros y estrechos; a veces, alguien que no se había integrado aún por completo al régimen de vida de la casa llegaba por azar hasta ahí, pero antes de completar estos dos primeros pisos entre tinieblas hacia abajo, emprendía un precavido retorno para buscar reparo en el aire fresco de la recámara. Mas quien  continuaba el descenso, recorría escaleras que se hacían más anchas cada vez, y más blancas, y más curvas; escaleras en un ambiente sin ángulos que viraban de pronto hacia lo que parecían paredes o hacia el techo, al punto que tratar de retener la discriminación entre arriba y abajo, entre derecha e izquierda, hacía que el aventurero se perdiera por completo: llegaban a deambular días por ahí hasta que alguna de las trampas distribuidas por seguridad los devolvía a cualquier punto del bosque de árboles con ese follaje plateado por arriba y ceniciento por debajo, que se extendía detrás de casa. Quien, por el contrario, iba  apagando los frenos de su razón a medida que avanzaba y hacía propias las exigencias del camino, quien integraba todas las direcciones del espacio en un único "hacia delante" que se definía solo con tal de que no pensara por sí mismo, recorría una escala de color y de sonido y de texturas que se iban confundiendo consigo: del verde intenso y el rojo sangre y el sonido del rugido y la madera sin trabajar en el olfato de los pies, al azul licuado en tempestades violáceas que estremecían los oídos y empapaban las manos, al amarillo y el ocre claro de las arenas y el incendio en los ojos, al gusto de almohadones transparentes en el paladar y la clausura de la sal sobre los labios, al sentido de la piel de hombre en las paredes del túnel indistintas de su propia piel, a la disolución y rediseño de las paredes del yo coincidiendo con las del discurso de la casa; hasta hallarse con que el camino físico había cesado hace mucho, y no obstante, ya no se podría dejar de caminar, hacia un delante siempre que ya no requería acción propia de los pies. Entonces, habían llegado al sótano culminante del salón circular sin techo, donde eran recibidos por mis ancestros que no conocí, que escribieron en tiempos inmemoriales estas letras.

- "Hagamos una columna", pidió el mayor de los grid.
El bebé que miraba dios le sonrió y entre las ramas de las enredaderas, en el fondo, una luz vertical descendía hasta las puntas del césped en un círculo perfecto, que acariciaba apenas la epidermis del trébol.
- "Rápido, antes de que venga; si no, va a decir que lo desatendimos", urgió el grid que no llevaba lentes.


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