Por Amor (IX): El Templo de Pasos
Decían esas bocas que mañana (y qué dolor)
iair menachem, Jerusalem, 5764

Cuando carecíamos de piedras volcánicas utilizábamos trozos de hierro y carbón de mar, y con sólo aumentar mucho la temperatura surtían el mismo efecto. Nadie salía que antes hubiera entrado, porque allí se cocinaban las personas nuevas que daríamos a la luz del mundo. Primero fue el calor rojo y tierra, los líquidos todos agolpándose contra paredes invisibles, inconcebibles en el aire oleoso que respirábamos de oído. Estaba solo todos, y el calor de tierra marrón de tan huera subía desde el hígado, reptando las paredes del recinto de ángulos romos que se chorreaban hacia fuera. Las montañas furecían un eco de calor, que apretaba las partículas de silencio hasta hacernos doler el alma. Entonces era imposible oir el grito que se veía como un boquete abierto en un techo deducible del boquete mismo, por el que se derramaba una luz rosada petalina, en rayos fuertes que confurcaban a líneas como agujas de tan violáceas que atravesaban el cuerpo, se dejaban tragar con la boca cerrada, y dolían deliciosamente al coser el esternón al vientre (el vientre sabía azul) de un azul que se mezclaba con la tierra esmaltada de marrones renegridos y subía anhelando el boquete, tras el cual la luz se volvía blanca y luego gris y apenas plata para derramarse sobre mi cuerpos solitario, y forzarme a cerrar los ojos con fuerza y mirar arriba, donde se tejían de carne unos labios purpurinos a la boca de mi techo. Y el almizcle sabía a agua al correr por la garganta y se hacía sal y verde entre mis pies. Y cuando se empezaba a ver un rocío apacible que multiplicaba los colores de la luz, nacían otros labios hacia dentro de la boca de un índigo anhelante, de un celeste que te manchaba las manos mientras oíamos a los labios purpurinos adquirir tonalidad de oro tibio, y era de pronto mi cabeza entera el municipio de la luz blanca, y en el pecho me nacía un sol al que no podía no seguir, estirándome hacia fuera. Mientras, las llamas estridentes combustían el cuerpo viejo, y aprendiendo la celda, me hacía a la mar. Cuando salí, había olvidado el habla y el miedo que tiene origen en la sabiduría; había perdido la facultad de saber qué podía porque mis límites eran vírgenes y nuevos, y ya estaba en camino a crecer, para crear el universo que me había dado a luz. Amanecía, y no cesó de amanecer porque manteníamos la oscuridad, por tradición, hasta que la luz fuera propicia. Afuera faltaban las letras que me mandaron a escribir. Pero en aquel entonces no lo sé. Porque bastaba haber salido para saber que algunos de ellos vestían de incógnito sus transparencias bajo colores opacos  (es que si uno no se defendía en tanto obstáculo para la vista, nuestra noche constante propiciaba una invisibilidad desconcertante, para la que casi nadie llegaba preparado). Entonces, era imprescindible que hallasen en sus dormitorios-bliblioteca esas capas inútiles que nos permitirían distinguirlos del vacío y darles nombre. Los caminos que recorrían se llamaban como ellos, y nada podía ser más justo, puesto que se edificaban a su paso. Sólo la luz les precedía:  esa luz con que los inducíamos a trazar un dibujo y no otro con la mirada, y a repetirlo con el pensamiento, con el miedo, con los pies. Pero la luz iba menguando de a poco, a medida que se les hacía habitual, hasta que la seguían percibiendo aunque se las habíamos quitado por completo. Entonces, pese a que no lo sabían, persistían en la construcción de los caminos mas ya sin nuestra guía, y los seguíamos anhelantes con el canto, amontonados en la unísona certidumbre del deseo. A veces, un ladrillo joven se revelaba en el acero, y la pared toda se hacía de color; y entonces derrochábamos luz y ellos se mareaban, y la danza nacía de su vacilación fundamental, de su ya no saber hacia dónde caminar. A veces, cuando intuíamos, nos quitábamos de encima el riesgo de la danza , vistiendo de sonidos oscuros las paredes. Pero no hay que creer en eso, porque la vida, a la postre, rendía siempre nuestros miedos, y el ritmo saltaba al fin como un resorte parco que nos desvelaba. Y nada peor nos podían hacer que quitarnos el sueño.

- "Ya estuve antes aquí", dijo el grid más despistado.
- "Haz memoria", reclamó el grid barbudo. "Haz memoria, recuerda: si tú sabes, es que nos podemos prevenir". La ansiedad lo llevaba hasta cerca de una forma de la desesperación apta para ser vivida desde la inocencia, desde la dulzura del querer creer y no saber fallar.

Exhibía un agujero celeste en los labios el bebé que miraba dios. Y la brisa se enlentecía en las palabras de todo grid ante ese firmamento que pronunciaba más arriba, en los ojos, en la profundidad de la madreselva.

Se querían. Paladeaban la inmediatez, la provisoriedad de todo, como se paladea la idea precisa del yo.

- "Hicimos mil intentos", recordó el despistado grid con voz profunda. "Pero afuera no hay salida".


---------------------------------------------