Por Amor (XVII): El Templo de Pasos
Tras los espejos de la noche
iair menachem, Jerusalem, 5764

Los espejos de la noche giraban en torno nuestro: todo en derredor, en esa calle, sabía a real, pero no lo era en términos de lo que es real para tí. Porque era improbable, y las agrupaciones de cosas improbables suelen ser interpretadas como sueños, como señalizaciones imaginarias de otras cosas, con lo que la gente suele perder la oportunidad de responder directamente a la maravilla. Allí, entre el auto rojo y el auto blanco, en plena calle, había un conejo blanco. Aparte de los gatos y de algún pájaro: un conejo blanco, sin aditamentos: ni sombreros, ni naipes; ni hablaba; ni nada. Un conejo blanco quieto entre el auto blanco y el rojo, que nos miraba, que se me antojó mirando más allá de nosotros por profundidad o estulticia. Al rato, casi a medianoche, más arriba en la misma calle, se lo contamos a unos cuantos, que no se suelen sorprender por ninguna maravilla. Pero carecía de toda moraleja inmediata el conejo que habíamos visto, y eso lo dejaba fuera del marco de lo creíble. No nos creyeron. Podía pasar cualquier cosa, mas no un conejo blanco entre un auto blanco y otro rojo en plena avenida a medianoche; sólo porque no era sencillo adivinarle un "para qué". Nada habíamos aprendido del conejo, pero nos había llenado de alegría: era como la apertura de nuevos caminos en la realidad, el sustento para la esperanza de que cosas improbables comenzaran a alterar el curso de la realidad, más allá de los límites de la semántica moral que consensuamos. Acomódate, mantente en paz. Entonces aprendí que hay parte de lo que me es propio, que no se encuentra a mi disposición. Cosas, ideas, saberes, luces, experiencias que no conozco y, no obstante, me son propias. Para la ley son mías, y el fisco me cobra por su posesión; y pago, quiera o no, con los recursos de lo que sí se encuentra ciertamente a mi arbitrio y en mis manos. Pero cuanto es mío y no lo sé, guía de algún modo mi camino. En algún punto llegaré a verlo, y a rozarlo y a vivirlo. Y se despejará entonces la incógnita de esta hipoteca perpetua, de este "mientras tanto" que sabe tan oscuro, porque la orbe vertiginosa sabe a desierto y el verbo que no comprendo casi a enemigo del silencio. Allí, en medio de la calle, había un conejo blanco. No te sueltes: donde el camino parece que termina, es donde habremos de empezar a trabajar. 

"Estabas en el avión -dormías- aquella noche en que yo nos preguntaba al aire. No, no entienden ustedes, las personas. No había necesidad alguna de que tú misma estuvieras allí -dormías-: bastaba que otro ejemplar de tu matriz se invistiera de tí y por eso el deseo y la melancolía cuando tardas; y tú dormías".
El grid azul oyó gemir al bebé que dios miraba, y volvió hacia El sus ojos con ternura. El jardín estaba lejos pero se hacía oir desde el corazón de algunas flores solidarias. Mientras no llegaba, se podía adelantar los prólogos a la reflexión final, el rastreo estético imprescindible para hacer sitio a la música de luz que advendría.
"Basta tu proximidad o la de alguien o algo que te signifique, te refiera: una hebilla para el cabello, un soutien con puntillas, una lapicera.
Ahora, que he crecido mientras dormías, que he creído non-stop y tú no cesas de dormir, me basta con el sabor de tu mirada, o ese repique de caderas cadencioso cuando caminas y sabes que se estiran impalpables mis sentidos, y se deslizan por la estela reluciente de tu huella. Entonces, acepto a veces dormir un rato para abrazar los hilos de tu matriz y tornar a la acción, a cumplir la misión al Grid".
Terminó de escribir estas letras de una fiebre que le sabía extraña, más sopechosa cada vez. Era otro el avión:
"Amanece, como entonces, sobre un horizonte de océano púrpura y rojo llameante de fuego anaranjado en nuestras mentes combustibles. Y yo no sabía nada, y tú dormías".


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